Desde la propiedad a la necesidad del intercambio dada la indigencia personal individual. La perenne vigencia de la actividad comercial – Apartado 1 – Capítulo IV – Justicia y Economía

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JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  IV

 EL DESPLIEGUE ENRIQUECEDOR DE LA ECONOMÍA LIBRE DE MERCADO

Apartado 1

Desde la propiedad a la necesidad del intercambio dada la indigencia personal individual. La perenne vigencia de la actividad comercial

Asentada la propiedad con solvencia y con vocación de universalidad a pesar de los intentos de anularla, ese continuo distinguir lo mío de lo tuyo acaba conduciendo sin necesidad de razonar mucho a la conveniencia del intercambio y del trueque. Hayek lo explicaba así:

Escasa utilidad tiene especular en torno a cuál pueda haber sido, de hecho, la secuencia de tales acontecimientos, puesto que ésta habrá sido dispar según se haya tratado de gentes nómadas o agrícolamente asentadas. Lo importante es advertir que el desarrollo de la propiedad plural ha sido en todo momento condición imprescindible para la aparición del comercio y, por lo tanto, para la formación de esos más amplios y coherentes esquemas de interrelación humana, así como de las señales que denominamos precios[1].

 Y con ese realismo propio de quien a estudiado a fondo la naturaleza humana y conoce su indigencia personal, plantean Soto y Mercado –ya en sintonía con lo que mucho después diría Hayek y apelando de nuevo al derecho romano para dejar clara la continuidad testaruda de los hechos- la conveniencia y necesidad de las relaciones humanas interpersonales y, desde luego, del intercambio multilateral al servicio del bien común de la ciudadanía:

Aún del mismo principio, añadida la premisa, a saber, que los hombres, animales sociales, no se pueden sostener si no se ayudan mutuamente con obras supletorias, establecieron todas las leyes de venta, de arriendo, de préstamo y de otros cambios, pactos y convenios, como hay en el Digest. de Just. et jure, 1. Ex hoc jure, con los cuales la sociedad humana se estrecha y apoya.[2].

Sucedió, que como no cupiese a cada uno de toda suerte dellos, sino de diversa, a unos viñas, a otros olivares, a otros ganado, a otros ropa, lienzos y paño. Venia uno a haber menester lo que tenía el otro: de que no pudiendo, ni debiéndole despojar, ni privar comenzaron a trocar unas por otras. Daban trigo por aceite, vino por lienzos, paños por sedas, casas por heredades, ovejas por potros. Como cada uno tenía y mejor se concertaba, buscaba lo que había menester. Este fue el primer contrato y negociación que hubo en el género humano (según lo que el filósofo afirma). Lo que los españoles llamamos trueque, y los latinos cambio.[3]

Y para dejar constancia de esa conveniencia del mercadear para el acrecentamiento de la sociedad humana y la buena reputación de los mercaderes, además de señalar que  el deseo del mercader[4] es el universal de todos[5], hace un breve recorrido histórico para probarlo:

 Volviendo a nuestro propósito consta, que los mercaderes es una gente muy antigua, que cuasi comenzaron luego que el mundo se crío (…) Verdad es, que en tiempos antiguos (como dice Plutarco) cuando deseaban y buscaban los hombres lo que es digno de desear, que es ver y saber, en gran reputación fue tenida la mercancía, especialmente el ejercitarla en partes remotas como hacen los de España. Y hubo entonces eminentísimos hombres, que se aplicaron al trato, tomando por ocasión, llevar a otros reinos mercaderías curiosas y costosas: por ver gentes y ciudades, y por adquirir privanza con grandes príncipes y reyes, que por obligarles a que trajesen de sus tierras joyas y preseas exquisitas, los honraban y acariciaban mucho. Solón, y Talete, los dos mas sabios de los siete de Grecia, fueron toda su juventud mercaderes, y después grandes filósofos, y Solón muy poderoso príncipe y prudente gobernador.[6]

Y también:

 Vemos haber salido de mercaderes varones muy excelentes que con su prudencia y potencia escaparon muchas veces su patria de graves males en tiempos muy peligrosos, y aun edificaron ciudades muy populosas y ricas. El primer Messalia fue mercader y fundador de una ciudad principal en Francia, Tales, e Hipócrates Matemático, ambos varones ilustres, que con su filosofía y estudio alcanzaron en todo el mundo gran nombre, ejercitaron primero la mercancía. Demás de esto, aquel Platón, que por su sabiduría y vida, llaman todos los sabios divino, consta que cuando fue a Egipto a depender de los Hebreos, llevo para vender gran cantidad de aceite, donde ahorrase la costa del pasaje. También Solón reformador de los Atenienses, hombre generoso, tuvo por acertado consejo seguir la mercancía para ganar de comer, quedando pobre por haber gastado sus padres cuasi toda su renta en magnificencias (por ventura excusadas).[7]

 Y en cuanto al Aquinate cabe decir, como lo hace Rafael Termes, que

Tomás de Aquino trata del comercio, de las condiciones de la lícita compraventa y del precio justo en dos lugares. En uno de ellos, en forma incidental, dentro del Tratado de la Ley[8], cuando al hablar de la división de las leyes humanas en derecho de gentes y derecho civil, dice que “al derecho de gentes pertenecen aquellas cosas que se derivan de la ley natural como las conclusiones se derivan de los principios; por ejemplo, las justas compras, ventas y cosas semejantes, sin las cuales los hombres no pueden convivir entre sí, convivencia que es de ley natural, porque el hombre es por naturaleza un animal sociable”.[9]

Ese inicio del comercio y del trueque tiene su origen también en los tanteos de acercamiento entre gentes y pueblos desconocidos entre sí para ganarse la amistad del otro[10]. Es el comienzo de relaciones pacíficas generando confianza y cordialidad en beneficio de ambas partes. Nuestros autores del siglo XVI lo pudieron conocer de primera mano en los distintos episodios que surgieron en tierras recién descubiertas. Así lo reconoce Isabel de Riquer en la Introducción del Relato de la expedición de Magallanes y Elcano hecho por Pigafetta[11]:

Pero sin lugar a dudas, el gesto que tuvo más éxito y que fue comprendido enseguida por ambas partes, fue el intercambio de regalos  que detuvo la agresividad, inició la confianza y favoreció los comportamientos[12]. 

 Uno de estos indígenas nos trajo una escudilla de arroz con ocho o diez bananas encima para cambiarla por un cuchillo que no valía más de tres cuartos. Viendo el capitán que sólo quería un cuchillo quiso que viera otras cosas. Se llevó la mano a la bolsa para darle unos reales pero el otro no quiso; le enseñó un ducado y tampoco lo aceptó. Al final quiso darle un doblón de dos ducados, pero el otro sólo quería el cuchillo; y ordenó que se lo dieran. Cuando uno de los nuestros bajó a tierra en busca de  agua un indígena le ofreció una corona con puntas de oro macizo a cambio de seis hileras de cuentas de vidrio. Pero el capitán no permitió este intercambio; quería que los indígenas comprendieran que estimábamos más nuestras mercancías que su oro[13]. Lo que demostraba el conocimiento comercial y de la naturaleza humana que tenía Magallanes. 

 Y más adelante, ya en las Islas Filipinas, en la narración del sábado 16 de marzo de 1521 escribe:

Cuando estuvieron todos delante de nosotros y vio el capitán general que se mostraban pacíficos, ordenó que les dieran de comer y les regaló bonetes rojos, espejos, peines, cascabeles, marfil,(telas de) bocací y otras cosas. Ante la cortesía del capitán le ofrecieron peces, un vaso de vino de palma que llaman “uraca”, bananas y otras frutas más pequeñas y más sabrosas y dos cocos. No tenían nada más pero nos hicieron gestos con las manos que al cabo de cuatro días nos traerían “umay”, es decir arroz, cocos y muchos otros víveres.[14]

 Y en fecha 29 de marzo de 1521 escribe:

El rey llegó hasta nuestro barco acompañado de seis u ocho hombres, subió a bordo y abrazó al capitán general; le regaló tres vasos de porcelana llenos de arroz a crudo tapados con hojas, dos doradas enormes y otras viandas. El capitán le regaló al rey una túnica de tela roja y amarilla a la moda turca y un bonete rojo muy bien confeccionado. A los de su séquito les dio a unos cuchillos y a otros espejos. Luego el rey hizo traer la comida y, por medio del esclavo, le dijo al capitán que quería ser su “casi casi”; es decir, su hermano. Él le contestó que también quería serlo. Luego el capitán le enseñó tejidos de diversos colores, telas, corales y otras mercancías y toda la artillería, a la que hizo lanzar unas descargas que asustaron mucho a algunos de ellos[15].

 Pero, si bien las anécdotas que se acaban de relatar pueden parecer esporádicas, la verdad es que eran muy habituales y acababan conformando una estrategia y sabiduría comercial de quienes estaban al mando y que se saldaba con no pocos beneficios para ambas partes. Valga como resumen balance por la parte española lo que también nos dice Isabel de Riquer:

 Desde el punto de vista financiero, a pesar de las apariencias, el resultado no fue nada malo sino que los gastos quedaron cubiertos y aún quedó un buen margen de ganancias gracias al clavo que transportaba la Victoria, 23.556 kilos, que fueron vendidos por 7.888.634 maravedís, mientras que la canela, la nuez moscada y el macis fueron vendidos por casi 65.000 maravedís.[16]

Y también por ejemplo Bernal Díaz del Castillo nos cuenta con gracia en su  Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

 Otro día de mañana, que fue a los postreros del mes de marzo de 1519 años, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco y otros comarcanos, haciendo mucho acato a todos nosotros, e trajeron un presente de oro, que fueron cuatro diademas, y unas lagartijas, y dos como perrillos, y orejeras, e cinco ánades, y dos figuras de caras de indios, y dos suelas de oro, como de sus cotaras, y otras cosillas de poco valor, que yo no me acuerdo que tanto valía, y trajeron mantas de las que ellos traían e hacían, que son muy bastas; porque ya habrán oído decir los que tienen noticias de aquella provincia que no las hay en aquella tierra sino de poco valor; y no fue nada este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer, que se dijo doña Marina, que así se llamó después de vuelta cristiana[17].

 Otras muchas anécdotas parecidas se podían relatar sobre lo que fue ocurriendo también en el proceso colonizador inglés, portugués o francés por ejemplo. O en las relaciones mercantiles anteriores entre pueblos de distintas culturas y formas de vida hasta la más remota antigüedad.

Y, por último, para resaltar aún más el servicio al bien común del arte de los mercaderes se nos dice:

Plutarco, filósofo de gran nombre y autoridad, cerca desta materia (…) dice cómo en todos los oficios y ejercicios humanos, es necesario, tengan los hombres sus fines, así los mercaderes deben tener en su solicitud y trabajo, algún buen intento que les mueva en sus operaciones. Este ha de ser el bien común, y el aumento del estado público, pretendiendo proveer con su industria a los vecinos, de los alimentos necesarios. Porque consta, y es averiguado entre hombres de buen juicio que siempre se enderezan y se hacen nuestras obras principales, por el bien general de todos, y se pretende en ellas el acrecentamiento y comodidad de la república. Y pues entre los institutos y artes humanas tiene la mercancía un lugar tan principal, es conforme a razón que pretenda el mercader en él, primera y principalmente la utilidad pública y universal[18] .

 Esa  perenne vigencia de la actividad comercial a la que aluden los maestros del siglo XVI[19] es recalcada también por Hayek con la erudición de la que tantas veces hizo gala en sus escritos:

 La moderna arqueología confirma que la actividad comercial supera en antigüedad a la agrícola, así como a cualquier otra modalidad productiva regular (Leakey, 1981:212). En el continente europeo hay indicios de comercio entre puntos muy alejados en la época paleolítica, es decir hace casi 30.000 años (Herskovits, 1948,1960). Ocho mil años atrás, Catal Hüyük en Anatolia y Jericó en Palestina se habían convertido en centros comerciales entre el Mar Negro y el Mar Rojo, incluso antes de que hubiera aparecido el comercio de la cerámica y los metales. Uno y otro representan incipientes ejemplos de esos “dramáticos aumentos de población” a los que en ocasiones se alude mediante la expresión “revoluciones culturales”. Con posterioridad, hay constancia de que “a finales del séptimo milenio antes de Cristo existía ya una red de rutas comerciales, tanto marítimas como terrestres, a través de las cuales la obsidiana se enviaba desde la isla de Melos hasta la tierra firme” de Asia Menor y Grecia (véase la introducción de S. Green a Childe, 1936/1981, así como Renfrew, 1973:29; cfr. También Renfrew, 1972:297 307). Hay también “pruebas de la existencia de extensas redes comerciales entre Beluquistán (Pasquistán occidental) y determinadas regiones del continente asiático, incluso con anterioridad al año 3.200 a.C.” (Childe, 1936/1981:19). Por último, es sabido que la economía del Egipto predinástico descansaba firmemente en el intercambio mercantil (Pirenne, 1934).

 La existencia de un importante comercio regular en tiempos de Homero queda reflejada en el episodio de la Odisea en el que Atenea visita a Telémaco bajo la apariencia de un capitán arribado con un cargamento de hierro para ser trocado por cobre. La gran expansión de la actividad comercial, generadora de la subsiguiente pujanza de la civilización clásica, tuvo lugar, según la ciencia arqueológica, incluso en los remotos tiempos de los que casi carecemos de documentación histórica, es decir en los siglos situados entre los años 750 y 550 antes de Jesucristo. Dicha expansión mercantil parece haber dado lugar en aquella época a un notable incremento demográfico de los centros comerciales griegos y fenicios, que rivalizaron entre sí en el establecimiento de colonias, hasta el extremo de que al principio de la era clásica todos dependían vitalmente de una actividad mercantil regular.

 No cabe, por tanto, dudar de la existencia de cierta actividad comercial aun en los más primitivos estadios de la historia, así como de su decisiva influencia en la gestación de órdenes más extensos[20].

[1]   Hayek,  La Fatal Arrogancia. Los errores del Socialismo moderno, Obras Completas, V.I, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1990, pp. 223-224

[2]   Domingo de Soto, Tratado de la justicia  y el derecho, T. I, Madrid, Editorial Reus, 1922, pp. 130-131.

[3]   Tomás de Mercado, Ibid, [92], p.129.

 [4]   Para resaltar la distintas variedades de mercaderes situados en las diversas estaciones del proceso de distribución recurre a Aristóteles: Dice Aristóteles, que tres partes tiene este trato, unos son mercantes por mar, llevando o trayendo ropa en naos y urcas: otros por tierra a la ciudad, en harrias, o en carros. Otros dentro del pueblo mercan por junto y grueso a los extranjeros, y venden por menudo a los ciudadanos. Tomás de Mercado, Ibid, [106], p. 137

[5]   Tomás de Mercado, Ibid, [134], p.155.

[6]   Tomás de Mercado, Ibid, [97], p.132.

 [7]   Tomás de Mercado, Ibid, [99], p.133.

 [8]   Tomás de Aquino. Summa Theologica. 1.2, q.95, a.4.

 [9]      Rafael Termes,  Antropología del capitalismo. Un debate abierto (Actualidad y Libros, S.A. – Plaza & Janes Editores, 1992) p. 60.

[10]   También Pigafetta relata los regalos que se  hicieron a quien bautizaron con el nombre de Juan y que era un gigante que habían encontrado en la Patagonia. Cuenta que era un hombre más grande y estaba mejor formado que los otros y era más tratable y amistoso; cuando bailaba, daba unos saltos tan altos que sus pies se elevaban un palmo de la tierra. (…) El capitán general le regaló una camisa, una chaqueta de paño, unos calzones también de paño, un bonete (de los doscientos bonetes aproximadamente que  las naves de Magallanes llevaron para intercambiar con productos de los indígenas), un espejo, un peine, algunos cascabeles y otras cosas y lo envió con los suyos muy alegre y contento. Al día siguiente trajo uno de aquellos animales grandes al capitán general; y éste le dio muchas cosas para que le trajese más. Pigafetta, Antonio, El primer viaje alrededor del mundo. Relato de la expedición de Magallanes y Elcano, (T.O. II primo viaggo interno al mondo) ed. Isabel de Riquer, Ediciones B, S.A., 1999, p. 93.

 [11]   Unos días antes –lo relata Pigafetta el 19 de mayo de 1520- ya se habían encontrado con otro gigante y Magallanes ordenó que le dieran de comer y de beber y entre las cosas que le regaló le puso delante un gran espejo de acero; cuando el gigante se vio en él tuvo un gran susto que dio un salto hacia atrás derribando a tres o cuatro de nuestros hombres. Le regalamos unos cascabeles, un espejo, un peine y algunos “paternoster” (que eran unas cuentas de colores dispuestas como las del rosario). Pigafeta, Antonio, El primer viaje alrededor del mundo. Relato de la expedición de Magallanes y Elkano, (T.O. II primo viaggo interno al mondo) ed. Isabel de Riquer,  Ediciones B, S.A., 1999, pp. 91-92.

[12]   Pigafetta, Antonio, Ibid., p. 52.

[13]   Pigafetta, Antonio, El primer viaje alrededor del mundo. Relato de la expedición de Magallanes y Elkano,  ed. Isabel de Riquer,  Ediciones B, S.A., 1999, p 133.

[14]   Pigafetta, Antonio Ibid., p. 119.

 [15]   Pigafetta, Antonio,  Ibid., pp. 125-126.

[16]    Pigafeta, Antonio, Op. Cit. P. 24.

 [17]  Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Madrid, Monumenta Hispano-Indiana, V Centenario del Descubrimiento de América, “I Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo” 1982, p. 66.

[18]   Bernal Díaz del Castillo, Op. Cit., p.115.

 [19]    Muchas de las ideas de Adam Smith no nacieron en su mente, ‘La riqueza de las naciones’ es más bien una compilación, sistematización y desarrollo de conceptos que habían sido formulados en los siglos anteriores, generalmente los tres precedentes, en forma poco clara y coherente. Es interesante buscar el origen de tales conceptos, que, reelaborados por Adam Smith, han tenido consecuencias tan venturosas.

 Las ideas económicas anteriores al siglo XVI no formaban un sistema coherente, y no todos los hombres tenían las mismas. Pero era frecuente creer que la  posición de cada persona en el mundo social debía ser aceptada por ser la voluntad de Dios; asimismo se aceptaban las grandes diferencias de rentas y la extrema dificultad de su reducción. Se suponía que la vida económica estaba regida solamente por normas morales y jurídicas, garantizadas por la autoridad política y a veces formuladas por ella. En los siglos XVI, XVII y XVIII, la idea de que el mercado, la libertad de productores y consumidores, es el mejor regulador de los procesos de producción, distribución y consumo de los bienes fue abriéndose paso en la opinión pública, y al mismo tiempo se formuló de manera cada vez más precisa, hasta llegar al libro de Adam Smith. Lucas Beltrán, Ensayos de Economía Política, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1996, .p. 235

 [20] Hayek, Hayek sobre Hayek, Un diálogo autobiográfico, V. I, Obras Completas, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1997, pp. 234-235.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  IV

 EL DESPLIEGUE ENRIQUECEDOR DE LA ECONOMÍA LIBRE DE MERCADO

1.- Desde la propiedad a la necesidad del intercambio dada la indigencia personal individual. La perenne vigencia de la actividad comercial.

2.- Los efectos multiplicadores del intercambio libre sobre los participantes.

3.- Sobre cómo se advierte la conveniencia de la especialización y la diversificación plural.

4.- De cómo los precios facilitan y aceleran los intercambios y hacen posible una mayor especialización y alargamiento y diferenciación de los procesos productivos.    

5.- Los precios y el dinero como guías para la acción económica personal y colectiva. 

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