LA LIBERTAD DE LA ECONOMÍA HUMANA

LA LIBERTAD DE LA ECONOMÍA HUMANA

La vida humana está siempre encadenada a la libertad. Necesaria y continuamente tiene que elegir entre un amplio abanico de alternativas variopintas ya que cada  persona es un universo de vivencias experimentadas, un cosmos original de interpretaciones de la realidad circundante en todos y cada uno de sus instantes históricos, un mar tranquilo o huracanado de proyectos, esperanzas o aspiraciones vitales familiares o profesionales. Cuando cada uno pasea por los infinitos senderos del mundo lleva incorporado indefectiblemente, a modo de mochila inseparable, todo ese universo, ese cosmos y ese mar que se transforman, enriquecen o empobrecen continuamente al contacto con los demás y lo demás. Los demás pueden atisbar comportamientos ajenos y aventurar sus posibles decisiones pero difícilmente comprenderán en sus infinitos detalles insignificantes esos otros universos de intuiciones, sensaciones, dudas, riesgos, proyectos y, en definitiva, amores.

    Esa libertad que conlleva toda vida humana nos permite escapar e ir más allá trascendiendo la sociedad en que se vive. De tal forma esto es así que sólo el hombre tiene historia estrictamente hablando. Los animales y vegetales no tienen historia sino que conforman una sociedad única integrada de forma determinada con su medio ambiente que de alguna forma los libera pero que también los esclaviza. La libertad en cambio produce modos de relación con el entorno diferentes, sociedades distintas y peculiares a lo largo del tiempo: historia. Y lo puede hacer precisamente porque el hombre, de alguna forma, no está totalmente integrado en esa historia sino que la puede sobrevolar, proyectar, y, en alguna medida, transformar a su imagen y semejanza subjetiva original. Es la libertad lo que nos permite humanizar, o, lo que es lo mismo, economizar: aventurarnos en el futuro, adentrarnos con dominio flexible y trascendente en el tiempo histórico para irlo transformando a nuestra medida singular.

Parafraseando a María Zambrano en Persona y Democracia   podemos también afirmar que en otros tiempos la conciencia histórica era cosa de unos pocos ilustrados y  de unos cuantos poderosos y privilegiados. Mientras tanto la gran mayoría ciudadana simplemente la soportaba inerme. Ahora, en cambio, la historia, también la historia económica macro y micro,  la hacemos realmente más entre todos. Grandes multitudes vibran con los sentimientos, visiones, opiniones y acciones personales diversas, protagonizando el acontecer diario de nuestro tiempo contemporáneo y sintiéndose responsables de cuanto sucede, no sólo a su alrededor, sino también en parajes lejanos. En otros tiempos fuerzas externas más o menos supersticiosas arrastraban y movían a gran parte de las gentes en distintos pueblos sin que supieran por qué o por quién. Ahora se es más consciente de la interdependencia y el protagonismo individual y familiar a nivel global.

          Y en tanto en cuanto la libertad es una característica constitucional y nuclear del hombre (cosa que prácticamente nadie   duda ya) su impronta tiende a extenderse y manifestarse universalmente en su modo de actuar llenándolo de flexibilidad innovadora, tanto en las acciones más menudas y aparentemente insignificantes como en las más deslumbrantes e importantes. Por eso la economía, que cada vez más se configura y explica como una de las ciencias del actuar humano, si no quiere encallar en graves errores teóricos y prácticos, tiene que considerar imperiosamente la libertad como una de sus notas distintivas fundamentales y como uno de los motores básicos de su mejora al ser causa del incremento del valor económico de toda la realidad material e inmaterial puesta a nuestra disposición y dominio.

          Quizás por todo ello en nuestros días se está llegando a un consenso bastante generalizado a nivel mundial entre los economistas teóricos y prácticos (empresarios) sobre la potencia económica indiscutible de la libertad. Son «rara avis» los que aún no reconocen que la libertad personal creadora de valor hace posible un desarrollo económico estable y pacíficamente emprendedor. La expectativa generalizada de libertad responsable en el uso de los recursos que están a nuestro alcance, permitiéndonos elegir serenamente sin que nuestras decisiones intransferibles se vean constreñidas por las acciones de otras personas individuales u organizadas colectivamente, genera creatividad exponencial en todos aquellos sectores donde esa esperanza se va materializando en reglas liberadoras que fomenten la independencia solvente.

          La concatenación de esos innumerables descubrimientos intelectuales realizados por millones de inventores anónimos se transmite a través de diversos medios de intercomunicación y, especialmente, mediante su materialización en bienes y servicios que se expanden por todo el tejido social a través del sistema (asistema) del libre mercado. La libertad aumenta las posibilidades de eficiencia para el bienestar y para el bienhacer al facilitar que un abanico inmenso de circunstancias y cualidades individuales converjan en un chispazo intelectual o en un fogonazo creativo que se plasmará en la producción de algún instrumento nuevo o que mejorará significativamente otro anterior. La producción económica, además, no es otra cosa que valoración subjetiva, por lo que depende intrínsecamente de la libertad. Sin libertad no hay de hecho producción. Se fabricarán cosas, pero no valor.

          Por eso es tan importante la libertad institucional           que permite expandir la creatividad en todas las ciencias, también, especialmente, en la economía. Los grandes y pequeños descubrimientos intelectuales o las pasmosas innovaciones científicas y técnicas que han fecundado la civilización humana han sido posibles gracias a la iniciativa individual y a la libertad personal. Estas actuaban en  ocasiones al margen de la legalidad vigente y en muchas otras contra corriente de la autoridad, siendo el hazmerreír de la masa ignorante y teniendo que aguantar el desprecio de las gentes indiferentes. Los éxitos más llamativos en todas las ciencias humanas y naturales se han conseguido a trancas y barrancas del ambiente y, generalmente, han sido realizados por minorías reducidas y, siempre, por personas particulares. Los colectivos en cuanto tales no inventan ni descubren. Son los individuos quienes lo hacen. Aquellos, si acaso, ejercen de mecenas facilitando la acción de estos.

          Cuando en una gran sociedad o en la microconvivencia habitual se crea un ambiente de libertad responsable que admira, respeta y busca la verdad siempre asombrosa en cualquier ciencia; y cuando se facilita ese ambiente con instituciones idóneas que promueven la agilidad de pensamiento e investigación evitando el control directo de los esfuerzos individuales, se consigue proporcionar el máximo de oportunidades de éxito a todo tipo de personas originales y se potencia la concatenación libre y fecunda de flashes intelectuales en el multicolor mapa científico interdependiente. El peligro que pueden ocasionar estas actitudes es el de facilitar la extensión y desarrollo de las fuerzas del error y del mal. Pero hay que arriesgarse. Como indica Hayek: «Si no se concediese la libertad incluso cuando el uso que algunos hacen de ella no nos parece deseable, nunca lograríamos los beneficios de ser libres; nunca obtendríamos esos imprevisibles nuevos desarrollos cuya oportunidad la libertad nos brinda. (…) Nuestra fe en la libertad descansa en la creencia de que, en fin de cuentas, dejará libres para el bien más fuerzas que para el mal.»

          Parece claro por lo tanto que la libertad favorece y estimula la búsqueda de la verdad. Pero también ocurre al revés: que la verdad potencia y expande la libertad. No quiero decir únicamente que «la verdad os hará libres», que también, sino que los desarrollos científicos en la astrofísica, en la oceanografía, en la microbiología, en la electroquímica o en la termodinámica, por no  citar otros muchos campos de investigación, nos están descubriendo una realidad viva y aparentemente azarosa materializada libremente. Parece como si los núcleos más íntimos de la materia o de la energía, y las fuentes más recónditas de la vida fuesen libres e inteligibles en cierto grado infinito de sofisticación.

          La naturaleza además es creativa. En la cosmovisión científica actual la formación de nuevos seres que pertenecen a tipos ya existentes es un proceso creativo. Los físicos o los biólogos, por ejemplo, concuerdan en que los electrones, fotones, átomos, moléculas, células, genes, estrellas gigantes o enanas, las galaxias y los meteoritos se comportan todos ellos legalmente, pero sus leyes no son del tipo de las leyes de la mecánica newtoniana o de la estabilidad aristotélica. Esas leyes no nos permiten, aún utilizando las herramientas electrónicas más sofisticadas, predecir con certeza lo que va a pasar. Un efecto concreto no es el resultado de una igual, constante y única causa sino que innumerables causas convergentes dan lugar a tal efecto original, y cada nuevo descubrimiento abre la puerta a otro universo desconocido. El canto llano y monocorde de la naturaleza hay que sustituirlo por la música polifónica con un sin fin de voces armonizadas de forma magistral. Cada cosmovisión científica, también, especialmente, en economía, es la culminación de muchas invenciones individuales concatenadas y resultado de muchos avances y retrocesos, de muchas pifias que acaban siendo útiles por las paradojas incomprensibles de la vida y, en definitiva, de mucha humildad intelectual que se asombra continuamente. Parece por lo tanto que la verdad no es monolítica, determinista, fundamentalista y homogénea; no es feudal, lineal y predecible plenamente por la mente humana; no está anquilosada ni es cerrada ni está muerta. Parece que la verdad por el contrario es tolerante, abierta, viva y siempre nueva, activa y sorprendente. Quizás, respetando escrupulosamente nuestra libertad personal, la verdad nos hace libres porque la misma verdad es libre.

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